La imagen fotográfica no es una construcción,
es un descubrimiento.
Henri Cartier Bresson
En el siglo XX la realidad podía ser capturada, la fotografía, el cine o el video tuvieron la facultad de inmortalizar instantes, habría que tener el ojo preciso, y esperar el momento para capturar “el instante decisivo”, sólo esperar.
Aquellos cazadores de momentos nos mostraban verdades irrefutables haciendo valida la consigna de Santo Tomas apóstol: “ver para creer”, así fue que la ficción más alucinante era a su vez testimonio automático, existían las realidades “cazadas” por el ojo humano, nos llenamos de huellas y sombras para la historia.
En el siglo XXI van desapareciendo las huellas y las sombras, las sustituye el vacio aterrador de la existencia, el absurdo y el sin sentido, ya no hay descubrimiento, ahora sólo construcción pura y dura, artificio efímero, ni testimonio, ni realidades y por supuesto, ninguna verdad irrefutable, la consecuencia primaria de la Inteligencia Artificial es que ya no podemos creer en nada, las cosas y la vida “son, pero no existen”. El ojo avizor ha enceguecido y rige una especie de impotencia visual, sin profundidades, todo es superficie, la capacidad de escudriñar, de ir “más allá”, se reserva para una elite, para los condenados de la tierra solo la apariencia basta, para los esclavos del siglo XXI la simulación es la vida.
Si la pobreza económica es una aberración humana, la pobreza espiritual es una plaga y es una condición imprescindible para el esclavo moderno, se ha extraviado la maravillosa yuxtaposición entre sacrificio y placer, lo que explica el voto electoral por los Milei, Trump y un largo etcétera de esclavistas supremacistas que han salido de sus cloacas para imponernos su guerra cultural, su épica del éxito y la ética determinista de la esclavitud y el supremacismo blanco.
Tal vez por ello George Orwell escribió una sentencia brutal: “La verdad empieza a morir cuando el poder consigue que defenderla parezca una locura”
Conozco a un HOMBRE en sus cincuentas que cojea y usa un bastón, se sienta en el camellón de la amplia avenida y en cada rojo del semáforo, salta a la calle y malabarea unas naranjas entre los autos, mientras va recogiendo monedas entre los automovilistas; cuando aparece el verde que marca el siga para los autos, el hombre malabarista vuelve al camellón, se sienta en un banco de plástico y degusta tragos de una Pepsi cola de dos litros, saca de entre sus harapos un teléfono celular y mira videos usando “datos” de manera exponencial, diario de 9 a. m. a las 16 horas las mismas acciones, una rutina sin atajos, sin desviaciones. Su celular es el “soma” de Aldous Huxley en EL MUNDO FELIZ; generado desde las cloacas putrefactas de los sionistas de Silicón Valley.
¿Qué mira el malabarista en su móvil? Sin duda el aterrador mensaje del vacío existencial, no verdades ni mentiras, sólo el artificio del hoyo negro de la Inteligencia Artificial, su único vínculo con la existencia.
Seguiremos siendo, pero paulatinamente dejaremos de existir, por ello el uso esencial de la IA es la guerra, la manipulación mental y el caos controlado; decía Friedrich Nietzsche: “Inventamos el arte para no morir de la verdad”; estamos ni más ni menos al borde del precipicio de las artes, objetivo central de la I.A. y condición esencial para privarnos de la existencia.
En el neo esclavismo supremacista viviremos, pero no existiremos más, la conclusión aterradora es el principio del fin: NO SE PUEDE CREER EN NADA.














