Terminó el Mundial para México, con la sensación de que solo faltó un ‘poquito más’; o de que sobró un ‘muchito más’ de corrupción

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Faltó un «poquito», que quizá sería alcanzable, si el fútbol mexicano no estuviera controlado por una oligarquía contraria a los valores deportivos y más esenciales del balompié mundial.

La Selección Nacional de México quedó eliminada este domingo del Mundial de Fútbol 2026, derrotada por Inglaterra, en su propio estadio, ante su propia gente, pese a jugar más de cuarenta minutos con un hombre de más en el campo. Y aunque se reconoce que los jugadores se entregaron y lucharon hasta el final, queda la sensación de que el futbol mexicano en realidad podría ser mucho más; si no fuera por el lastre corrupto que arrastra su federación, y por un técnico que tampoco tuvo la visión de aprovechar las mejores cualidades del plantel, y que tampoco tomó en cuenta los factores a los que se podría enfrentar en una Copa del Mundo.

Una vez más resurge la vieja frase eterna del «jugaron como nunca y perdieron como siempre», esta vez, de una forma especialmente dolorosa, pues un país entero se había ilusionado, y se tenía toda la ventaja de jugar en casa, en una cancha ampliamente conocida, con el apoyo incansable de la afición mexicana y a una altura totalmente hostil para el cuadro inglés.

El talento individual que no alcanzó

Talento lo hay. Lo demostraron una vez más jugadores incansables como Gilberto Mora, Roberto «Piojo» Alvarado, Julián Quiñones, Raúl Jiménez y muchos más. Poco se les puede recriminar a los jugadores en el campo: hicieron gala de su talento y se entregaron como auténticos guerreros. No obstante, para vencer a una escuadra como Inglaterra hace falta un poco más.

Cuando México mejor jugaba, cuando parecía que Inglaterra estaba ahogada, incapaz, llegaron los golpes letales de forma abrupta.

La ausencia de Julián Araujo y la fragilidad de la defensa

No deja de quedar la sensación y la pregunta de qué hubiera sido si la selección nacional hubiera convocado a su lateral derecho estelar, Julián Araujo, quien realmente había tenido una temporada espectacular, convirtiéndose en ídolo del Celtic y jugando a un nivel extraordinario. No se le dio la oportunidad, y en cambio se jugó con lo que se pudo: unos jugadores que no estaban al nivel de lo que podría haber sido una selección mexicana donde estuvieran realmente los mejores.

A Araujo no se le dio la oportunidad de jugar con el pretexto de que no estaba al 100. No obstante, sí se le permitió jugar a un Edson Álvarez que realmente estuvo prácticamente toda la temporada lesionado, que casi no jugó —salvo pocos minutos— y que, incluso en los pocos minutos en que participó, terminó siendo abucheado por su pobre desempeño.

Javier Aguirre, en su enorme necedad, no solo confió en él, sino que se aventuró a la osadía de meterlo a jugar en una posición improvisada, para cubrir la inexplicable ocurrencia de jugar un Mundial con solo dos defensas centrales naturales, sin sustitutos realmente sólidos que pudieran cubrir una de las posiciones más fundamentales del campo para una selección nacional. Ante la falta de defensas centrales naturales, tuvo que improvisar a un Edson Álvarez que, también en su inexperiencia como central, terminó comtiendo un groso error que acabó propiciando el tercer gol de Inglaterra y puso complejo el panorama, cuando parecía que aún había una gran oportunidad.

El equipo mexicano, a partir de sus grandes talentos en la ofensiva, logró mantener viva la esperanza, primero con Quiñones y luego con Raúl Jiménez. Pero a la selección mexicana tampoco le alcanzó.

Javier Aguirre algún día tendrá que explicar qué es lo que vio en Brian Gutiérrez, jugador que, en cada uno de los partidos que disputó, realmente no aportó absolutamente nada, y que, no obstante, se convirtió siempre en su opción para el mediocampo ofensivo, sin darle oportunidad a los enormes talentos que había y que quedaron prácticamente relegados, sin mayores oportunidades.

El reflejo de una federación corrupta

Desde luego que lo ocurrido con la selección nacional también es reflejo de la mediocridad de su federación: una federación inundada en corrupción que ha destruido el espíritu del futbol.

En Inglaterra, en contraparte, existe un amplio sistema de divisiones donde incluso la quinta división es importante, trascendente y ampliamente seguida, y hay una enorme competitividad, con jugadores y equipos peleando siempre ascender y destacar; siempre con oportunidades de crecer.

En cambio, con las patrañas y la mentalidad inútil de de la mafia que está al frente del futbol mexicano, se continúa rechazando el derecho al ascenso, a pesar de que incluso los pilares centrales de la selección nacional, Johan Vásquez y César Montes, surgieron de Cimarrones de Sonora, un equipo de provincia de las divisiones de ascenso que hoy en día también han quedado relegadas de cualquier posibilidad de trascender. Cientos y miles de talentos quedan marginados, todo en pos de preservar los privilegios de esa misma mafia de oligarcas corruptos que encabezan al futbol mexicano.

En México ya no existe la competitividad, puesto que el futbol se ha convertido en un mero negocio: un espectáculo de unos cuantos; y que muchas veces se ha vuelto totalmente patético. Se apoya incluso a empresarios y vividores de mercados que ya han sido desterrados de otros países por sus nefastas consecuencias, como es el caso del mercado de las apuestas, que en cambio sí se promueve con todo el poder oficial del futbol mexicano, mientras se socavan los valores y los elementos realmente deportivos que podrían hacer crecer el balompié nacional.

El talento y la afición frente a la mafia

Talento hay en México. La afición mexicana también es una de las más amplias, leales y activas a nivel mundial, con millones de seguidores y millones de niños que día a día se ilusionan con el deporte. Pero persiste la mafia, de unos pocos dirigentes que han mantenido al futbol mexicano en la mediocridad, el lastre que impide a la selección de un país con más de 120 millones de habitantes, y donde el fútbol es deporte nacional, poder aspirar a meterse siquiera a unos cuartos de final de un Mundial. Ni porque se estuvo en casa, ni porque se tenían todas las condiciones a favor, ni porque Inglaterra parecía estar totalmente ahogada.

Ya no hubo el empuje, ni quizás tampoco el talento desde la estrategia técnica, que simplemente se limitó a meter hombres y balones desesperados al corazón del área, sin mayor idea, sin mayor creatividad y sin aprovechar la ventaja táctica que representaba tener un hombre de más en el campo.

Se acabó el Mundial para México. Se acabó la ilusión para millones de personas. Pero lo que no se acaba, es la corrupción del futbol mexicano.

 


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