Va por ti, Cagancho, y por tu alma para forjar mil caballos

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Feo, flaco, cabezón y con las patas repletas de úlceras sangrantes. Así era Cagancho cuando Pablo Hermoso de Mendoza decidió adquirirlo a Brito Paes allá por 1990, a bajo coste, con cuatro años y después de que absolutamente nadie se fijara en él en la feria de caballos más importante de Portugal. Como el patito feo, como el niño marginado de clase con el que nadie quiere jugar…

Un acuerdo por apenas 280.000 pesetas, un traslado al borde de la ilegalidad, con nocturnidad, sorteando a la Guardia Civil… y el equino de raza lusitana que años después revolucionaría el rejoneo dio con sus patas por primera vez en España. En la cuadra de Acedo, en Navarra, Pablo sudó a sus lomos como quien educa a un hijo rebelde. ‘Cuando tenía delante a las becerras, no las daba importancia, las arrollaba, las tiraba al suelo… Y si las tenía detrás se ponía nervioso’, afirma el caballero en su biografía El corazón de los caballos (Temas de hoy).

Le hizo debutar en Jaca un año después, en 1991. E insistió el navarro en utilizarlo en el último tercio. Quería un caballo para el rejón de muerte. Era su obsesión. Un día, en Ejea de los Caballeros (Zaragoza), Pablo pensó en tirar la toalla. Pero en un entrenamiento, en un último voto de confianza desesperado, el navarro optó por dejar las cortas y probar a clavar una banderilla larga. Y el efecto fue impresionante. “Ahí nació una estrella”, recuerda. Todo fue in crescendo a partir de entonces.

En 1992, Hermoso de Mendoza fue curtiendo a Cagancho en las plazas importantes. Con cautela, eso sí, debido al carácter torpón del caballo. Y la relación entre ambos comenzó a superar la imaginable entre un ser humano y un animal. “Era noble, apacible, no se enfadaba pese a mis equivocaciones. Era un buenazo que lo aguantaba todo. Nunca le veías enfermo. Tenía un alma para forjar mil caballos”, afirma el rejoneador. Pero lo que hizo único a Cagancho fue su fuerte personalidad, su puesta en escena. Esa capacidad única para ganarse al público nada más saltar al ruedo. Ser grande entre los grandes. Lograr convertir en cisne a aquel patito feo.

Descubrió junto a él el asombroso toreo de costado, sus cambios de dirección, sus quiebros en seco como si de un recorte se tratara. Y su temple a modo de lance eterno. Y el valor de los buenos toreros. Porque Cagancho era eso: por encima de todo, un caballo torero. Su consagración -y la de Pablo- llegó en Zaragoza, en 1994. Fue un 11 de octubre, con las cámaras de TVE mostrando sus virtudes a toda España. Todo resultó redondo. Tanto, que llegaron llamadas de medio mundo para hacerse con el caballo. Pero ni una mareante oferta desde Colombia, doblando cualquier cifra que propusiese Pablo, pudo poner precio a Cagancho.

“Has hecho el tonto”, le decía su apoderado José Antonio Chopera a Hermoso por rechazar aquel dineral. “Tú vas a ser figura con él o sin él. Y con ese dinero te hubieras podido comprar caballos, camiones y todo lo que te hiciera falta”. Pero no lo hizo. No puso precio a tal ‘amistad’. Y no vendió a quien le había dado tanto.

Las plazas de todo el mundo reclamaron entonces a Cagancho, el rejoneo tocó el cielo gracias a su presencia en las plazas. Y durante más de una década participó de la consagración de su dueño como amo y señor del rejoneo, como un revolucionario que acercó el toreo a caballo a la profundidad del toreo a pie.

Por todo eso, en 2002, con cerca de 700 festejos y más de mil toros lidiados atrás,  Hermoso de Mendoza quiso despedir a Cagancho por todo lo alto. En las plazas más importantes. En templos como Sevilla, Madrid o Pamplona, Pablo cedió protagonismo a este genio de pelo negro cuatralbo. Le sacó a los medios, dio la vuelta al ruedo con él y le ovacionaron con honores de héroe. México, en la Monumental, vio su última actuación. Fue el 5 de diciembre de ese mismo año. Una bandera del país sobre su cuello y una ensordecedora ovación despidió a Cagancho mientras sonaban ‘Las golondrinas’ del adiós.

Ahora, tras más de una década de placentera y merecida vida de retiro en el campo y rebasados los 30 años de edad, la despedida es definitiva. Una despedida que Pablo Hermoso auguraba ya en su biografía. “Al ver a Cagancho tan consumido por el tiempo siento una gran tristeza. Ser testigo de la decadencia de una estrella, a un ritmo más rápido que el de tu propia vida, es difícil de asimilar […] Hay días que lo miro a la cara y se me saltan las lágrimas de nostalgia, pensando en lo lejos que me ha llevado en tantas tardes de gloria […]. Me gustaría expresarle todo lo que siento, el agradecimiento tan hondo que le tengo, pero, por mucho que le cuide, no puedo transmitirle todo ese amor”. Un amor desde hoy eterno, porque con su muerte nace la leyenda. En su próximo paseíllo, a buen seguro, Pablo mirará al cielo y se le volverán a saltar las lágrimas. Llanto y brindis en honor a quien le dio todo. ‘Va por ti, Cagancho, y por tu alma para forjar mil caballos’.


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