Este viernes Carolina del Sur marcó un hito sombrío en la historia de la justicia penal estadounidense al ejecutar a Brad Keith Sigmon, un hombre de 67 años condenado por un doble asesinato cometido en 2001.
La ejecución, llevada a cabo mediante un pelotón de fusilamiento en la Institución Correccional Broad River en Columbia, fue la primera de su tipo en el estado y la primera en Estados Unidos en casi 15 años, reavivando el debate sobre la pena de muerte y sus métodos en el país.
Brad Sigmon fue sentenciado a muerte en 2002 tras ser hallado culpable de asesinar a William David Larke, de 62 años, y a Gladys Gwendolyn Larke, de 59 años, los padres de su exnovia, Rebecca Barbare. Según los registros judiciales, el crimen ocurrió el 27 de abril de 2001 en el condado de Greenville, Carolina del Sur.
Obsesionado con Barbare tras el fin de su relación de casi tres años, Sigmon esperó a que ella saliera de la casa de sus padres antes de irrumpir en el hogar. Armado con un bate de béisbol, golpeó brutalmente a las víctimas en distintas habitaciones de la casa hasta causarles la muerte. Posteriormente, secuestró a Barbare a punta de pistola, pero ella logró escapar cuando él intentó dispararle, aunque el arma falló.
Sigmon fue capturado días después en Tennessee tras una intensa búsqueda. Durante su juicio, admitió su culpa ante el jurado, declarando: “Soy culpable. No tengo excusas para lo que hice. Es mi culpa y no intento culpar a nadie más por ello. Lo siento”. Sin embargo, estas palabras no fueron suficientes para evitar la pena capital.
En Carolina del Sur, los condenados a muerte deben elegir entre tres métodos de ejecución: la silla eléctrica, la inyección letal o el pelotón de fusilamiento, este último reintroducido en 2021 tras una pausa de 13 años en las ejecuciones debido a la escasez de drogas para la inyección letal. Sigmon optó por el fusilamiento, una decisión que, según su abogado Gerald “Bo” King, reflejaba su temor a los otros métodos.
King argumentó que las recientes ejecuciones por inyección letal en el estado habían sido problemáticas, con informes de presos que tardaron más de 20 minutos en morir y uno que mostró signos de sufrimiento similar a ahogarse debido a fluidos en los pulmones. La silla eléctrica, por su parte, fue descrita por la defensa como un método que “quemaría y cocinaría vivo” a Sigmon.
El procedimiento del fusilamiento, detallado por el Departamento de Correcciones de Carolina del Sur, implicó que Sigmon fuera atado a una silla con un blanco colocado sobre su corazón y una capucha sobre su cabeza. Tres voluntarios dispararon rifles con balas diseñadas para fragmentarse al impacto, causando la muerte casi instantánea por hemorragia masiva. A las 6:08 p.m., un médico lo declaró muerto, apenas minutos después de que se ejecutara la sentencia.
Durante sus más de dos décadas en el corredor de la muerte, Sigmon mostró un cambio notable, según sus defensores. King destacó que se había convertido en una figura de apoyo entre los reclusos, actuando como un “capellán informal” y compartiendo su fe cristiana. Incluso su última comida —tres cubos de pollo frito de Kentucky Fried Chicken— fue compartida con sus compañeros de celda, un gesto que reflejaba su deseo de mantener lazos humanos hasta el final.
Sus abogados lucharon hasta el último momento para detener la ejecución, argumentando que su enfermedad mental no diagnosticada en el momento del crimen —posiblemente un trastorno bipolar heredado— y un infancia marcada por abuso y negligencia debieron haber sido considerados como factores atenuantes. Sin embargo, tanto la Corte Suprema de Carolina del Sur como la Corte Suprema de Estados Unidos rechazaron las apelaciones finales.
El gobernador Henry McMaster, quien tiene la autoridad exclusiva para otorgar clemencia en el estado, también se negó a intervenir, manteniendo la tradición de no conceder indultos a condenados a muerte en Carolina del Sur desde 1976.
La ejecución de Sigmon desató protestas fuera de la prisión, donde activistas contra la pena de muerte, incluyendo miembros de South Carolinians for Alternatives to the Death Penalty, se reunieron con pancartas que proclamaban “Toda vida es preciosa” y “No más muertes”.
En sus últimas palabras, leídas por sus abogados, Sigmon llamó a los cristianos a trabajar para acabar con la pena de muerte, diciendo: “Vivimos bajo el Nuevo Testamento, no bajo la ley del ‘ojo por ojo’ del Antiguo Testamento”.