Y cuando después de muchas, muchas horas

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Enrique Jaimes Escobedo

Y cuando después de muchas, muchas horas, doña Lucía llegó a su casa, se encontró con que habían levantado no sólo el pavimento de la calle, sino su casa misma, eso sí, respetaron su recámara, la cocina, el comedor y el baño (¿cómo le habrán hecho?), la frase en un enorme letrero frente a  su casa, puesta para justificar las obras,  le recordaba la dicha por su mamá en incontables ocasiones, “acciones hacen amores y no buenas razones”. Al salir de su trabajo para esperar el autobús del transporte público, tuvo que caminar,  dar un rodeo, se asomaba a las profundas zanjas, le extrañó ver  a la excavadora en el mismo punto en que estaba por la mañana, cada vez más hundida, depositando la tierra en un  camión de volteo que también se hundía cada vez que la mano de chango soltaba sobre la caja un puñado de su contenido. Caminó varias cuadras antes de llegar a la parada del autobús, éste dio muchas vueltas pasando por avenidas  que jamás ella había visto a pesar de los más de sesenta años viviendo en la ciudad, recordaba la gracia de su compañera de trabajo Ana Luz cada vez que el vehículo caía en un bache, “¿cuál es el santo de los camiones? San Goloteo”, todos en la reducida oficina reían de buena gana, se apresuraban a mencionar otros santos que ahora no recordaba. Miró su reloj, le pareció inconcebible el tiempo que había tardado en llegar a la tienda de la Avenida Central  en donde compraría un regalo para el baby shower de la tarde.

                No tuvo que caminar mucho para abordar de nuevo un autobús, la dejaría cerca de su casa, comería, se bañaría y se iría a la celebración por el próximo nacimiento de la nena de su amiga, quien anticipadamente conocía, por la magia del ultrasonido, el sexo. Todo iba bien, al menos por unas cuantas cuadras, de pronto, el autobús se topó con una nueva desviación, frenó bruscamente, a partir de ahí seguiría  una interminable caravana de vehículos que por momentos parecía quedar estacionada; el chofer veía aparentemente impávido el escenario,  todos querían pasar al mismo tiempo, se empujaban, se insultaban, desesperados hacían sonar las bocinas. A doña Lucía la venció el cansancio y se durmió no sabe por cuánto tiempo, quizás más de una hora, se despabiló, volteó hacia varios lados y ¡Sor – presa! (la santa de las encarceladas, recordó) apenas habían avanzado ¡una cuadra! Un pasajero subió, se acomodó a su lado, lo miró de arriba abajo mientras se escuchaba en el noticiero, que la locutora decía palabras de consuelo. No mencionaba la molestia de los ciudadanos, en realidad parecía no haberla, “informaba” de aquellas obras como trabajos para el “embellecimiento” de la ciudad. ¿Usted cree eso?, le comentó Lucía  al hombre a su lado, se me hace absurdo que levanten una ciudad para embellecerla, ni ha de saber la señora ésta o…  quién sabe, aquí pasa cada cosa, yo creí que eran obras para detener un poco las inundaciones y echar buen pavimento ¿no cree? ¿Sabe qué están haciendo?, le dijo el pasajero a su lado, los de adelante abren agujeros y los de atrás los tapan, para decir que no hay desempleo. Uno tercero intervino, es la democracia y se quedó callado, la gente volteó a verlo, incluso algunos se pusieron de pie; las miradas interrogantes de todos se prolongaron más de un minuto, al fin aclaró, esta es una democracia por eso todos aquí estamos bien informados de qué se trata todo esto, ¿verdad Chof? (al chofer) y, sobre todo, la locutora, aunque tal vez tenga razón, quieren hacer de ésta una ciudad turística y fácil que la lana es de la Secretaría de Turismo. Todos pusieron atención a las palabras del improvisado orador, pues lo


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