“La forma del agua”, o la muerte tiene la forma del amor que la contiene

Por: Felix Morriña

No quise apreciarla y disfrutarla antes por razones diversas. Incluso desvié la invitación a verla en pantalla grande porque mi pareja ya la había visto y la idea era llegar en blanco, sin prejuicio alguno. No leí nada previo a verla en pantalla chica sobre la galardona obra del séptimo arte en la reciente entrega de los Premios Oscar (90 edición). “La forma del agua” de Guillermo del Toro se llevó cuatro estatuillas de 13 nominaciones, una de las más nominadas de la historia de estos galardones. Sin duda, un plausible y memorable logro para la cinematografía del afable director jalisciense de 53 años.

La audiencia, la crema y nata del cine hollywoodense, que se dio cita en el teatro Dolby de la Unión Americana para escuchar retumbar: “La Mejor película es para… La Mejor Dirección es para… El Mejor Diseño de Producción es para Paul D. Austerberry, Shane Vieau y Jeffrey A. Melvin por ‘La forma del agua’ y la Mejor Música Original es para Alexandre Desplat por ‘La forma del agua’”.

Yo que no creo en esos premios desde hace muchos años, esta vez me hicieron la noche del domingo y gran parte del lunes recientes, sobre todo, porque el cine de este regordete bonachón me gusta sobremanera desde que rodó “La invención de cronos” (1993), pasando por “Mimic” (1997), “El espinazo del diablo” (2001), “Hellboy” (2004), “Hellboy animated: Sword Of Storms” (2006), “El laberinto del fauno” (2006), “Hellboy II: The Golden Army” (2008) y ahora “La forma del agua” (2017). En casi todas sus películas, el hilo conductor, el eje cartesiano de Guillermo del Toro es la fantasía, el mundo onírico, el tiempo, sus criaturas anfibias con características humanoides y la música, ésta última en “La forma del agua”, un merecido y sentido homenaje a las obras maestras de mediados del siglo XX, justo durante la Guerra Fría (tiempo en el que está ambientada la película en los años 60), que tuvo al mundo casi al colapso del exterminio sociopolítico, económico y cultural.

Mucho había escuchado de esta cinta, casi todos la ponen en un altar. A su “Servibar y amigo” le gustó sin duda, pese a verla dos veces en la madrugada previa a esta entrega, porque hay detalles particulares que definen mucho más que lo dicho por la mayoría. No sólo es la música del genio de las bandas sonoras de Hollywood y allende esas fronteras, el francés Alexandre Desplat, la que atrapa de inmediato e incluso conmueve, sino también la danza contemporánea y el baile de salón, porque es parte de la seducción artística de la trama; el cine dentro del cine, porque Del Toro homenajea a las películas que le formaron a través de los filmes románticos transmitidos en la televisión que ve el pintor gay Giles (Richard Jenkins), amigo de la protagonista muda, pero nada tonta; sumisa, pero muy inteligente; sensual tras las feas largas faldas de la época, Elisa Esposito (caracterizada por la genial actriz inglesa Sally Hawkins, ya conocida por Guillermo del Toro por haber actuado en “El laberinto del fauno”) en su departamento, ubicado arriba de una sala de cine, el inolvidable Teatro Cine Orpheum, donde incluso el “hombre anfibio” (inspirado en el personaje de “El monstruo de la laguna negra” (1954) de Jack Arnold) ve algunas escenas belicosas de imperios desaparecidos. ¡Cine dentro del cine!

¿Quién es el afortunado, tormentoso y torturado “Hombre anfibio” de “La forma del agua”? ¿Recuerdan al “Pez hombre” de “Hellboy”? ¡Sí, es el mismo actor! Se llama Doug Jones, un experto en mímica y eso ayudó a darle forma y fondo al filme de Del Toro. Gracias a él, entre otros factores importantes, Del Toro se levantó esas cuatro estatuillas. Esta película es un producto redondo para la industria de ficción, una obra maestra para la literatura cinematográfica, en la que incluye hasta temas políticos, en la que el “Hombre anfibio” resulta un proyecto peligroso dentro de la carrera espacial entre los Estados Unidos y la extinta URSS (para los millennials, Rusia). En esta “inverosímil” historia de amor, entre una muda y un “Hombre anfibio” (al final nos enteramos que las cicatrices en el cuello de Elisa no fueron sólo producto de un accidente de niña, que la dejó sin habla, sino también resultó ser que tiene dotes de “Mujer rana”), hay tintes político militares, porque la idea de ambas naciones es eliminar al “Hombre anfibio”, porque cada vez más tiene sentimientos y eso no funciona para los objetivos de enviarlo al espacio a investigar.

Por cierto, esta criatura capturada en Brasil por el coronel Richard Strickland (Michael Shannon) es investigada en un laboratorio secreto por un grupo selecto de científicos de la milicia estadounidense, donde trabaja haciendo la limpieza Elisa Esposito y donde ocurre gran parte de la trama. Aparte de ciencia, geopolítica, música, fotografía, excelentes actuaciones y demás, Guillermo del Toro deja de manifiesto su opinión sobre el racismo, el clasismo, la intolerancia, la inmigración en su película. Le manda al vecino presidente el mejor mensaje en 123 minutos que se le puede ofrecer, con educación y cultura, a un ente miserable como Donald Trump (¡me gano el veto americano con gusto!).

Sobre el título de su filme, Guillermo del Toro dijo que “tanto el agua, como el amor, tienen algo en común y es el hecho de que ambos carecen de una forma definida. El amor no reconoce color, aspecto, religión, tamaño y forma y es lo que deseaba reflejar en mi película. Definitivamente es mi mejor película hasta ahora”. ¡Salud gordo! ¿Gustas un huevo hervido a las tres de la mañana con mezcal de Malinalco y un plato de cereales?

Mientras escribo esta entrega, no hay manera de no quedarse enamorado con la bella pieza de 1943 ‘You’ll Never Know” de Vera Lynn, con letra de Mack Gordon y música de Harry Warren, la cual forma parte de la película “Hello Frisco” de H. Bruce Humberstone, pero esta vez con los maravillosos arreglos del francés Alexandre Desplat, cantada para la película “La forma del agua” por Renée Fleming con la inigualable The London Symphony Orchestra, misma que les comparto con mucho gusto a continuación.

Si no ha visto por X ó Y razón “La forma del agua” de Guillermo del Toro, hágalo acompañado de alguien muy especial. Si la vio solo, vuelva a verla, pero con esa persona especial. Si la vio con ese ser, entonces, escuchen juntos la banda sonora, porque debe estar en su fonoteca personal para los momentos más solemnes de la seducción, porque recuerde el título de mi columna: “La forma del agua”, o la muerte tiene la forma del amor que la contiene. ¡No lo olvide!

“You’ll never know just how much I miss you/ You’ll never know just how much I care/ And if I tried, I still couldn’t hide my love for you/ You ought to know, for haven’t I told you so./ A million or more times?/You went away and my heart went with you/ I speak your name in my every prayer/ If there I some other way to prove that I love you/ I swear I don’t know how/ You’ll never know if you don’t know now/ (You went away and my heart went with you/ I speak your name in  my every prayer)./ If there is some other way to prove that I love you/ I swear I don’t know how/ You’ll never know if you don’t know now/ You’ll never know if you don’t know now”.

“Nunca sabras lo mucho que te extraño/ Nunca sabrás lo mucho que me importas/ Y si lo intentara, aún no podía ocultar mi amor por ti/ Deberías saberlo, porque no te lo he dicho./ ¿Un millón o más veces?/ Te fuiste y mi corazón se fue contigo/ Digo su nombre en cada una de mis oraciones/ Si hay alguna otra manera de probar que ¡te amo!/ Te juro que no sé cómo/ Nunca sabrás si usted no sabe ahora/ Te fuiste y mi corazón se fue contigo/ Digo su nombre en cada una de mis oraciones/ Si hay alguna otra manera de probar que ¡te amo!/ Te juro que no sé cómo/ Nunca sabrás si usted no sabe ahora/ Nunca sabrás si usted no sabe ahora”.

 

 

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