Columna AL TANTO… Entre la caída de la gran Tenochtitlán y el tiempo perdido

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José Antonio Ortega

El tiempo es algo que pasa tan rápido que, cuando se ha ido, sólo queda la nostalgia. La certeza de que la vida misma es un suspiro. Aunque todo tiene un tiempo y –sin excepción- a todo… le llega su tiempo. Muchos acontecimientos parecen transcurrir en un abrir y cerrar de ojos.

Así pasaron 500 años y hoy, cinco siglos después, estamos inconformes. Indignados por las tropelías y saqueos de los conquistadores. Dolidos por lo que nos pasó. Por seguir sin entender exactamente qué fue lo que nos pasó. Más aún, sin saber ni entender qué podemos hacer con lo que nos pasó. Repitiendo los mismos errores.

Mucho tiempo ha de la colonia. Lontano se percibe el virreinato de la Nueva España y la lucha de Independencia. La Reforma y la Revolución Mexicana. Pero el estado de cosas se mantiene en nuestra patria, como antes. La explotación, segregación, discriminación y racismo, siguen allí.

Habría que entender el sentir de los habitantes de nuestros pueblos originarios. Su marginación, su pobreza. Cinco siglos después continúan atados. Dominados por la ignorancia, la pobreza y la falta de oportunidades. Obnubilados porque una religión que les fue impuesta, que no es la suya.

Engañados por la falsa creencia de que la felicidad, la verdadera vida, no está en este mundo ¡No! Por eso asumen que habrá  que esperar a morir para alcanzarla. Los mantiene la misma fe y esperanza de sus ancestros. Los antiguos mexicanos seducidos y adoctrinados por las órdenes de frailes: Franciscanos, Domínicos, Agustinos y Jesuitas.

Lobos con piel de oveja que llegaron con el conquistador. Misioneros que contribuyeron a consolidar el virreinato de la Nueva España. Imponiéndose a sangre y fuego, con la espada y la cruz. Que destruyeron y saquearon ciudades y templos. Exterminando la cultura, la lengua y creencias de los mexicas.

Aún en nuestros días insisten. Los padecen los habitantes de nuestras comunidades indígenas. Engatusados por toda clase de vividores: pastores, clérigos, falsos profetas y políticos de toda laya: neoliberales y populistas. Como en los tiempos de la Conquista y el virreinato de la Nueva España. Igual  que en el México Independiente y la era posrevolucionaria.

Porque el cambio en México es utopía, ilusión que flota a través del tiempo. Porque no se ve por ninguna parte. La realidad en el México profundo, es prácticamente la misma y tiende a empeorar. Salen unos y entran otros al poder. Tan iguales, como ramas del mismo tronco. Por más que lo nieguen. Siguen la misma política, comportándose como verdaderos hijos de la… Revolución.

Quinientos años después del 13 de agosto de 1521 la vida sigue igual. Desde la caída de la Gran Tenochtitlan, los mexicas siguen sin levantarse. Y no podrán, con gobernantes que actúan siguiendo el mismo patrón. Lucrar con la necesidad de la gente,  haciéndole creer en la pobreza como una virtud ¿Primero los pobres? ¿Hasta cuando?

 Mientras tanto…

En el México lindo y querido de nuestro tiempo, otros yugos nos impiden avanzar: el capitalismo y el populismo, junto con todos los ismos  que aquejan a la humanidad. Manipulados –como estamos- por las tecnologías de la información, por la velocidad de los acontecimientos. Pasmados por una pandemia cuya ola de contagios se antoja imparable.

Más aún cuando a la autoridad se le hace fácil resbalar el bulto. Fingir que la situación no es tan grave. Que la pandemia por el virus SARS-Cov-2 está domada. Nada más lejos de la realidad. Ahí están los  más de 3 millones de contagios. El incremento vertiginoso que a últimas fechas ha venido alcanzando un promedio de 20 mil infectados, y los  más 246 mil  compatriotas muertos.

Parece que eso no es lo importante hoy por hoy. Encima de la salud está lo electoral. La lucha incesante por el poder. El ensayo de acierto y error de la democracia directa. Y en medio de ellos la crisis en los órganos de poder. La intromisión del Ejecutivo y el Legislativo en el Poder Judicial. La descalificación de los órganos autónomos.

La crisis en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). Los jaloneos entre sus integrantes, para lograr sacudirse a un Magistrado Presidente obsequioso con el Ejecutivo. La renuncia del Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a la ampliación de mandato, manzana envenenada que le confirió el Legislativo.

Los dimes y diretes sobre la realización de una nueva Consulta Popular. La que eventualmente decidirá sobre la revocación de mandato a un Presidente que fue electo para seis años. Un mandatario que simula querer aventar la toalla. Pero que no podrá evitar el juicio de la historia. Sus magros resultados en seguridad y justicia, en salud y combate a la pobreza, lo perseguirán.

Porque muy a su pesar la “Medición multidimensional de la pobreza en México 2018-2020”, lo deja mal parado. Son las cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), las cuales revelan que el número de personas en situación de pobreza se incrementó en lo que va de su mandato en 3 millones 800 mil personas.

Por lo tanto…

A la mitad del camino, con el tiempo encima, resulta conveniente volver la vista hacia los pueblos originarios. Hacia esos 25 millones de indígenas que a lo largo de 500 años siguen marginados. Recibiendo “apoyos sociales” que los mantienen en la misma condición de pobreza, con mínimas posibilidades de progresar.

Erradicar el fantasma de la caída de la Gran Tenochtitlán. Recuperar el tiempo perdido. Más allá de andar exigiendo perdón por las tropelías de la Conquista, levantarnos de las cenizas. Reinventarnos y salir adelante. Pensar que para ello, la prioridad es que la pandemia no nos avasalle. Hacer de la salud una prioridad.

Reconsiderar las políticas públicas en marcha. La estrategia de gobierno para enfrentar la pandemia. Observar el manejo de crisis que se le ha dado en otros países.

Dejar de culpar al pasado de todo lo ocurrido. Asumir el presente y construir el futuro. Superar el interés personal y de grupo, al interés superior de la nación.

Concentrar los esfuerzos en gobernar para todos. Los ricos, los pobres y la clase media. Apretar el paso porque el tiempo pasa tan rápido que, cuando se ha ido, solo queda la nostalgia. No esperar otros cinco siglos para que México alcance la grandeza y esplendor que se merece por su privilegiada geografía y la riqueza de su cultura.

El tiempo es algo que pasa tan rápido que, cuando se ha ido, sólo queda la nostalgia. La certeza de que la vida misma es un suspiro. Aunque todo tiene un tiempo y –sin excepción- a todo… le llega su tiempo. Muchos acontecimientos parecen transcurrir en un abrir y cerrar de ojos.


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