Columna AL TANTO… Señales encontradas: entre tonantzin y el fervor guadalupano

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José Antonio Ortega

Desde pequeños, nos lo han inculcado. Las deidades descienden del cielo. Nos cuentan que bajan a la tierra. Que redimen a los hombres. Que vienen para salvar sus almas. Así lo relatan los libros sagrados. Escritos en piedra, papiro, papel de arroz o maíz como: la Biblia, el Corán, el Canon Pali, el Chilam Balam, entre muchos otros, aún vigentes.

Diversos puntos de vista. Distintos enfoques. Visiones diferentes, pero coincidentes. Humildad  y pobreza, premisas inexcusables para alcanzar la gloria y la santidad. Lo mejor está por venir: el paraíso y el descanso eterno. Alcanzaremos la gloria. Un mundo hipotético, ilusorio. Por ahora vivamos y suframos en este valle de lágrimas.

Lo refieren testimonios literarios que han trascendido el tiempo y el espacio. Historias y relatos. Prédicas para llenar el corazón y el alma. Para  inspirarnos a ser buenos. A ser mejores. Conminarnos a no pecar a cumplir los mandamientos y llevar una vida ordenada per saecula saeculorum apegados a los principios de la nueva religión.

Atentos y resignados a obedecer. A seguir al pie de la letra los mandamientos. Los principios inscritos en dos tablas de piedra. El decálogo que escribió Moisés de la mano de dios. En el Monte de Horeb. En Sinaí.  Entre África y Asia, nos dicen. Nos cuentan. Desde la llegada de los españoles a estas tierras. Nos evangelizan.

Nos lo han repetido desde siempre. Los misioneros que llegaron con el conquistador, quinientos años ha. Frailes: franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, carmelitas y mercedarios. Inspirados en un solo libro, para predicar las buenas nuevas. Para implantar la fe y los evangelios en la Nueva España. Apoyados de la espada y el acero del conquistador, asentando la cruz.

Montados en su martirologio. Avasallando nuestro politeísmo. Destruyendo nuestros antiguos templos y adoratorios. Imponiendo sus catedrales, basílicas y templos. Adornándolos con estilos barroco, plateresco, churrigueresco. Cubriéndolos de oro. Explotando la mano de obra indígena y sometiendo su voluntad a la de un dios que no era el nuestro.

Que utilizaron como instrumento de control moral. Pretexto para el saqueo y el despojo. Con la promesa de vida eterna. De un paraíso que no está aquí y ahora. Con un discurso que es origen y destino de nuestra pobreza, de nuestra desgracia. De los millones de pobres que sobreviven, en muchos rincones de la patria.

Narrativa que se construyó desde los tiempos de fray Juan de Zumárraga (1468-1548). Toda una historia que, a fuerza de repetirla, ya hasta nos la creímos. Pero lo cierto es que dios no bajó del cielo en tierras mexicas. Su hijo no nació ni nació ni padeció ni fue sepultado en este México nuestro.

Aquí no. Acá, se nos apareció una virgen, con rasgos indígenas. Morena como nosotros. Producto de la prolífica imaginación de Zumárraga, fraile franciscano, represor de brujas en su tierra natal e inquisidor de blasfemos, líderes indígenas y curanderos. Arzobispo de la Nueva España.

Piel morena como la nuestra. Reencarnación de Tonantzin. Madre de dios para las naturales, que le rendían culto por estas fechas en el Cerro del Tepeyac. Que se le apareció al indígena, Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548) hoy elevado a la santidad, en sus andares por el lugar de petates de Tule, en los límites de Ecatepec, y la muy noble y muy leal Ciudad de México.

Apariciones, ocurridas entre el nueve y el doce de diciembre de 1531. Que se introdujeron y fusionaron con nuestra cultura. Fruto del sincretismo. De la entrega y el abandono. De la conjunción del sol y la luna. De Coatlicue, Huitzilopochtli y Coyolxauhqui. Flor y canto de la cosmovisión mexica. Deidades maravillosas, extraordinarias.

Exponentes de una mitología en desuso. Incorporadas sutilmente a la imagen de la virgen. Que pinceló con rosas blancas y quedó estampada en el ayate indígena. Lienzo que nos une y nos reúne en estas fechas fervorosas. Que nos impulsa a peregrinar desde todos los rincones de la patria hasta la Villa de Guadalupe.

Festejo que cada doce de diciembre inicia con las mañanitas a la virgen. Con ese canto guadalupano que siempre nos recuerda -con toda claridad y precisión- que “Desde el cielo una hermosa mañana/desde el cielo una hermosa mañana/La guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac…

Esa virgen tan mexicana que “Suplicante juntaba sus manos/suplicante juntaba sus manos/y eran mexicanos, y eran mexicanos, y eran mexicanos/su porte y su faz” ¡Santa madre de Dios! Cántico apoteósico. Sublime. Infaltable en estos días en el que la celebración parece incierta. Tan incierta como el rumbo de la pandemia.

Mientras tanto…

En un hecho inédito. Por vez primera en más de cuatrocientos años, no habrá celebración. No en el recinto guadalupano. No en el santuario que la virgen pidió que se le erigiera. La Arquidiócesis Primada de México hace un llamado en su semanario dominical Desde la fe, para quedarnos en casa.

Anuncia una medida histórica. Más de un millón 169 mil contagios y cerca de 110 mil defunciones acumuladas, le impelen a tomar una medida difícil. Decide que mantendrá cerrada la Basílica de Guadalupe del 10 al 13 de diciembre. No dará acceso a los millones de fieles que cada año la visitan ¿Podrán contenerlos? Es poco probable.

Casi seguro es que los peregrinos emprenderán su marcha. Los feligreses guadalupanos se organizan. Forman contingentes en sus comunidades. Marcharán como cada año. Emprenderán su camino desde los cuatro puntos cardinales de la República. Llegarán al pie del Cerro del Tepeyac. Nada le impedirá refrendar su fe.

Harán como que la virgen les habla. Oídos sordos a las recomendaciones. Al Decálogo que nos recetan desde Palacio Nacional. Los diez mandamientos para mitigar la pandemia. Nada detendrá su marcha. Volverán al cerro del Tepeyac. Su libertad no será coartada. El manto de la virgen los protegerá. En el intento multiplicarán los contagios o se salvarán.

Ajeno al acontecimiento histórico, el espacio público se mueve por otros intereses. La menguada oposición se agrupa. Se concretan y formalizan alianzas. No por anunciadas inverosímiles. Los feroces contendientes políticos de antaño olvidan diferencias. Fusionan lo colores azules, tricolores y amarillos. Se alían contra el Pantone 7429, el color de la 4T y su gobierno transformador.

Ver para creer. Unirán recursos y fuerzas. Sumarán todos los medios a su alcance. Al margen de principios y plataformas ideológicas. Buscarán alcanzar la mayoría en el Congreso. Irán de la mano de 17 ex gobernadores panistas. Los que ya gobernaron. Los que se agruparon en septiembre pasado, inconformes con el México actual.

Los que buscan hacer contrapeso. Incidir en el proceso electoral de 2021. Los que conformaron en septiembre pasado su Asociación Unidos por México. Los que coinciden en Frenaaa y los empresarios de Sí por México en poner freno a la Cuarta Transformación. Que comparten con los gobernadores de la Alianza Federalista, la nostalgia del ayer.

Por lo tanto…

Ante el hecho inobjetable de que la pandemia se intensifica. De que cada vez es más recurrente conocer algún caso cercano. De que en nuestro circulo de amistades, ambientes laborales y entornos familiares comienzan a presentarse contagios y decesos. Más valdría tener en cuenta las medidas de mitigación.

No se haga como que la virgen le habla. Todos tenemos que hacer conciencia. Cuidarnos y cuidar de los demás. Frenar la pandemia. Atender las medidas sanitarias. Las recomendaciones oficiales. Visualizar que las fiestas decembrinas no podrán ser como siempre. Que habrá que extremar precauciones, mantener la sana distancia.

Sana distancia no sólo con la familia. También con los políticos de siempre. Los que privilegian los intereses personales y de grupo. Los que buscan el poder por el poder mismo. Mantener los privilegios de antes. Que no nos vengan con el cuento de que nacieron para servir. Que lo suyo es dar lo mejor de sí mismos a favor de la sociedad.

Los políticos en retiro, que se retiren de una vez por todas. Ya bailaron. Que se sienten. Que dejen libre el paso a las nuevas generaciones. Que abran oportunidades partidistas a los cuadros jóvenes. México requiere sangre joven, sangre nueva, renovar sus institutos políticos con una visión diferente.

Los pesos y contrapesos serán bienvenidos siempre. Siempre y cuando se correspondan con la época actual. Con el nuevo tiempo mexicano que se inauguró hace dos años, por la vía democrática. A fuerza de votos. Un tiempo que, al igual que la pandemia, nadie esperaba. Que traerá mayores cambios. Que dará otros giros. Los veremos.


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