Columna VERDADES MENTIROSAS… Juventud/senectud: frágil línea surrealista

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“No te definas ni dejes que te definan por tu sexo, tus preferencias, tu profesión, tu nacionalidad,

ni por idea alguna… mucho menos por tu EDAD”… simplemente no te definas”.

Alejandro Jodorowsky

Garardo Lara 

Quizá la lucha más inútil que emprende la mayoría de la humanidad, es la batalla contra el tiempo; nos resistimos al deterioro de nuestro heroico cuerpo, intentamos engañarnos con los procedimientos más diversos, desde los cosméticos hasta los quirúrgicos y llega una época en que se suele mentir, tratando de boicotear a la aritmética sin ningún resultado; siempre terminamos vencidos por el implacable ascenso de los años.   En un intento por no ver lo inocultable, inventamos un eufemismo ridículo al que le decimos “tercera edad”, como si viejo, anciano o senecto fuese un insulto.

Envejecer como nacer, están fuera del rango de nuestra voluntad, son procesos tan naturales como crecer, desarrollarse, convertirse en adulto, llegar a la vejez o morir; en toda nuestra evolución natural, ningún estado implica algún mérito, ni tampoco una vergüenza. Ser joven o viejo no son en sí mismos ni virtud ni defecto y no se necesita de esfuerzo para serlo, no obstante, el pensamiento dominante, siempre sesgado y mercenario, rinde culto a la juventud y segrega a los ancianos, esparciendo mitos temerarios y creando una dicotomía artificiosa y contranatura

Pero sabemos muy bien que la dimensión surreal de la humanidad evapora toda contradicción, incluyendo a la formada por “Vejez y mocedad”: Lo que soy se funde con lo que seré y con lo que fui; no hay dicotomía posible, cada día es un ascenso que ya no para nunca.

En el fondo de ese rechazo a la senectud, lo que hay es cobardía ante la cercanía de la muerte, por ello la mayoría llega a viejo añorando sus años juveniles, frustrado porque la vida ya no es como la conoció, aferrado a su estado de sumisión aprendido desde la primera infancia y rindiendo culto a lo efímero (niñez, pubertad, adolescencia etc.), pavor por el avance implacable de nuestra alquimia, sumisión al canon de belleza y potencia y entrega absoluta al culto sacrílego del cuerpo.

Como bien explica Herman Hesse en su ELOGIO A LA VEJEZ:

…” reactivamos un tesoro en imágenes que llevamos en la memoria tras una vida larga, imágenes a las que damos una dimensión muy distinta a la concedida entonces, personajes que han muerto siguen viviendo en nosotros, nos proporcionan compañía y nos miran con ojos cargados de vida”.

      Por más que resistamos, desde niños, a donde quiera que miremos aparecen los indicios de nuestra próxima vejez, si no es que la vida cede en la víspera. Por ello yo defino a la ancianidad con todo conocimiento de causa: Es un estado natural en el que se adquiere una nueva piel, un nuevo rostro, un pensamiento y una claridad nuevas, como en nuestros albores ¡Todo es nuevo!… ¡asistimos a un renovado milagro de transmutación! Por ello sigo a Miguel de Unamuno cuando aconseja al que llega a la senectud. “No dejes que lo que has sido interfiera en lo que eres y lo que serás”.

Nos han contado que la vejez es sufrimiento, que tendremos decenas de achaques, que nos dolerá todo, que seremos dependientes y no podremos bastarnos por nosotros mismos y por supuesto ni hablar de trabajar; esa idea se inocula desde la niñez y la mayoría se apresta a cumplirla con estricta eficacia. Pero esto es una VERDAD MENTIROSA que funda en nuestro corazón el proceso de la desesperanza, pero es un hecho que si logramos evadir el mito cultural es posible que lleguemos a la muerte “En perfecto estado de salud” como decía el gran RIUS.

Me resulta sorprendente la frase que suelo oír en boca de algunos viejos y de jóvenes también: “En mis tiempos hacía esto o hacia lo otro”.  Ese “nuestro tiempo” se refiere a un periodo especifico de la vida que se detiene entre los treinta y los cuarentas. A partir de los 50 años, ya no son “nuestros tiempos”. VERDAD MENTIROSA que oculta el hecho de que todos somos contemporáneos de nuestros abuelos.

También es significativo que, en ese argot cultural sobre ponerle un freno y un límite a la vida, digamos frecuentemente: “El amor de mi vida”, “El momento de mi vida”, cuando escucho algo así viene siempre a mi memoria Cesar Vallejo: …El momento más importante de mi vida, no ha llegado todavía”.

En definitiva, todas las personas de la “tercera edad” envejecemos de nuestro tiempo y del de nadie más, otra vez en palabras de Vallejo:” ¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos, si jamás la edad de ellos alcanzara la de ellas? …mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo”.

¿Qué es llegar la ancianidad? El pensamiento en boga dice que todo se trata de medir el éxito que has tenido: Cuando un grupo de jóvenes de Georgia Tech se lo preguntó al millonario empresario Warren Buffett (90 años) contesto: “Cuando llegues a mi edad, realmente medirás tu éxito en la vida por cuántas de las personas que quieres realmente te aman… no importará tu cuenta bancaria”.

¿Pero que es la juventud? Hace 200 años un hombre de 40 era un viejo, ahora decimos que está en plena juventud, las concepciones sobre el paso del tiempo han tenido una evolución de millones de años pues la historia de las ideas va a la par con la historia de los acontecimientos. En la nueva era asistiremos a una transmutación en la concepción del tiempo, el espacio, la vida y la muerte, ya lo anuncia el gran bioquímico español Juan Carlos Ispizua: “Las personas que vivirán 130 años, ya han nacido, ya están entre nosotros”, eso quiere decir que en algún momento de la historia alguien de 100 años tendrá mediana edad.

William Shakespeare decía. “En el teatro como en la vida lo que cuenta es el desenlace”. El avance hacia la muerte tiene múltiples perspectivas, es por ello que en cierto sentido la llegada a tan esperada y temida edad, marca el momento de preparar la apoteosis.

El momento de traspasar la frágil línea entre juventud/senectud, no lo cambio por nada.


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